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Lun, Dic

Asensio aplasta a un Barcelona sin definir. Victoria clara del madrid con un golazo inicial del mallorquín y otro de Benzema

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Pobre imagen de los de Valverde.  El Madrid obtuvo su décima Supercopa de España, lo que prolonga durante meses la palabra «sextete».

Acapulco Gro., 17 de agosto del 2017 (ABC)El partido empezó y casi terminó con el gol de Asensio. La cogió muy lejos (estos goles se marcan siempre desde 40 metros) y para sorpresa de todos la clavó ajustada al larguero. Un chut elegante, casi caprichoso, que cogió una curva muy personal y volvió a dejar a Ter Stegen con el molde.

Más que estupor hubo pasmo. La gente en el estadio se quedó pasmada. Ese jugador tiene cosas que no son normales.

«¡Error històric!» decían los locutores catalanes. Se referían a su fichaje por el Madrid.

Para algunos, el partido ya había quedado resuelto incluso en el minuto 1, cuando la media del Madrid corrió al Barça en un rondo inaugural. El mundo al revés. Por fin, dirán los madridistas. El Barcelona salió con un 3-5-2, un esquema de moda que también parece una manera de disimular carencias ocupando la media de otra forma. Como un vulgar equipo italiano, dirán los finos analistas de la cosa...

Reaccionó mínimamente el Barcelona. Tuvo diez minutos en los que llegó. Suárez se fue de Ramos y le dio un pase perfecto de gol a Neymar. Por la izquierda ni estaba él ni estaba Iniesta. Qué vacío. La banda de Stoichkov o Ronaldinho la ocupaba André Gomes.

Messi se fue una vez de Kovacic (que le aguanta el esprint) y encontró a Navas, y no hubo mucho más. Alguna cosa de Rakitic, poco.

El Bernabéu se acordó de Cristiano y regaló al «Estamento» una pañolada en el minuto 7. Tenía eso algo de sacrilegio. Se profanaba el minuto de Juanito. Pero este Madrid va a tal velocidad que se come su historia. No le quedan vitrinas, minutos...

El equipo de Zidane se replegó. Nada de lo que pasaba importaba ya mucho, pero el Barcelona se detuvo por completo. No hizo nada. Messi deambulaba por la media ofuscado, solo, en realidad solo, y Suárez se desmarcaba para nadie, como saliendo siempre del toril para caer en el fuera de juego. Enfurecido. Un tridente roto, desolación de dos. Hubo una sensación de espacios por ocupar, de asociaciones rotas.

El Madrid hizo primero contras, pero acabó dando un recital en la primera mitad. Presionó, robó la pelota y llegaron ocasiones por docenas: Marcelo, Benzema, Lucas para Krops, Lucas para un remate de cabeza del nueve que frustro Piqué...

Modric hacía sombreros y Varane le ganaba en carrera a Suárez. Lo que se veía en el campo no era un partido, era el ciclo. El dichoso ciclo. Se extendía una sensación de superioridad individual, colectiva luego, e institucional después en cada balón.

Todas las jugadas acababan entre olés con Piqué hincando una rodilla, como Jamie Lannister cansado a punto de mirar a Cersei-Bartomeu en el palco. ¿Qué más hay que hacer?

El Madrid jugaba entre palmas, eso parecía Casa Patas y en el 38 llegó el gol. Culminaba una larguísima posesión, para más inri. Marcelo la metió en el área y Benzema se adelantó a un Umtiti poco afortunado. La defensa del Barça crujía. ¿Cuánto tiempo puede durar Mascherano?

Todas las sensaciones individuales, ya digo, estaban marcadas, exageradas, por la cuestión cíclica. En el Madrid todo está bien, todo parece emanar de la sonrisa de Zidane. Giocondo todo. Fácil, armónico, feliz.

En el Barça no hay ni esquema claro. El modelo se le escapa entre las manos como la edad. Es como una generación muriendo, un otoño colectivo (¡ojo a las depresiones!). Valverde ya no salía a la banda. Viste como Luis Enrique, con zapatillas. Esa pinta de entrenador-jugador, de hombre cercano y deportivo. Ha de definir algo nuevo sin salirse de una tradición. Difícil.

Así se fue el partido al descanso. Entró Semedo por Piqué. La gente cantó «Se queda». Qué mala es la gente.

Semedo ponía al Barça en un 4-3-3, pero el balón se lo daban a Messi como a un santero. Hizo una jugada y dio en el larguero.

El Madrid aflojó un poco. No le convenía un destrozo en el rival. Consolidó esa sensación nueva de dominar la posesión y la contra, por dentro y por fuera.

El partido se metía en el día siguiente y había algo circadiano que sosegaba el juego, al público. En realidad era hora de dormir. El Madrid se relajó Navas le paró una llegada peligrosa a Sergi Roberto y Suárez tuvo otro palo.

Empezaron los cambios. Entró Deulofeu. Ovación de reconocimiento para Asensio y debut de Theo. El partido estaba ya veraniego.

La depresión culé se hizo más honda con Digne y el madridista se puso a analizar a Ceballos.

Los culés han inventado un pasatiempo nuevo: hacer plantillas hipotéticas con lo que ha pagado Bartomeu por los suyos. Es como un Comunio de la resignación. Miraban a Ceballos y contaban Dignes.