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El encarcelamiento de Lula entierra el «milagro brasileño»

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Apenas se habla ya de los BRICS: China, Rusia e India tienen protagonismo por su cuenta, pero Brasil ha quedado descolgado

Acapulco Gro., 09 de abril del 2018(ABC).-El encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva es el símbolo del fracaso del último intento brasileño de entrar en el club de las grandes potencias mundiales. Entre 2005 y 2015, Brasil pareció acercarse a esa meta, pero la crisis económica y la corrupción que esta destapó ha acabado lastrando esa aspiración.

En realidad, la historia se repite. Las veces que Brasil, confiado en sus dimensiones, realmente excepcionales, ha intentado el salto a ese rango internacional superior ha visto cómo sus propios condicionantes le volvían de nuevo para abajo. Ocurrió justo al término de la Segunda Guerra Mundial, en la configuración del nuevo orden de las Naciones Unidas, y sucedió en la década de 1980, cuando la dictadura militar perjudicó la posición internacional que a Brasil le correspondía por su rápida industrialización previa. Ahora ha pasado de nuevo.

Poco se habla ya de los BRICS. El término nacido en 2001 y adoptado por ese grupo de países en 2008 apenas significa ya nada. Las economías de China e India siguen llenando titulares, por derecho propio, aunque lo hacen por separado, y la de Rusia, más constreñida, ha cedido protagonismo a las maniobras del Kremlin en el campo de batalla (real o virtual). En cambio, Brasil ya no sale en la foto más que por corrupción (Sudáfrica ha quedado también un tanto descolgada).

Debilidad estructural

Ciertamente Brasil sigue siendo nada menos que el tercer exportador mundial de alimentos, la cuarta democracia más poblada, el quinto país más extenso, la sexta nación manufacturera y la séptima economía del orbe. Pero en su aspiración de gran potencia el país presenta dos fallas fundamentales: una economía poco abierta (en 2016 sus importaciones supusieron el 7,9% del PIB, la cifra más baja del mundo; las exportaciones también fueron especialmente bajas: el 10% del PIB) y un sistema político atomizado y proclive a prácticas corruptas.

Incluso en el momento de mayor deslumbre del gigante sudamericano, Brasil era un socio menor en el grupo de los BRICS. Brookings Institution, un think tank de Washington, examinó en dos libros la trayectoria brasileña. El primero de ellos, The New Brazil (el segundo se menciona más abajo), ya constataba en 2010, en tiempos de bonanza, que Brasil básicamente vendía materias primas a China (84% de lo que exportaba a ese país), mientras que le adquiría productos manufacturados (el 98% de lo que importaba de allí). La conclusión era que China y Brasil supuestamente estaban en la misma liga, pero en realidad se encontraban en estadios complemente distintos.

En cuanto a la debilidad del sistema político, está lo que Michael Reid, editor senior de The Economist, ha llamado la «promiscuidad» del parlamentarismo brasileño: la facilidad con que muchos representantes políticos cambian de partido, atraídos muchas veces por ofrecimientos de beneficios. Reid menciona el caso extremo dado entre 1995 y 1998, cuando al menos 230 de los 513 congresistas cambiaron de partido, algunos hasta cuatro veces.

Eso da lugar a una gran atomización y volatilidad que obliga a cada presidente a sostenerse sobre una coalición de apoyos, que en ocasiones pueden moverse bajo sus pies causando gran inestabilidad (uno de esos movimientos es el que consumó el impeachment de Dilma Rousseff). Ese «presidencialismo de coalición», en el que los presidentes tienen que formar alianzas multipartidistas para gobernar, conlleva ciertas componendas que muchas veces son perjudiciales para la buena marcha del país.

El espejismo del «Consenso de Brasilia»

Hubo un tiempo en que Brasil se llegó a poner como modelo para muchos país en desarrollo. Si el progreso económico de China quedaba ensombrecido por el autoritarismo del régimen chino, el ejemplo de Brasil se presentaba como la vía perfecta: era la promesa de que se podía conseguir simultáneamente crecimiento económico, inclusión social y democracia. Al avance efectivo en esa triple dirección se le llamó «Consenso de Brasilia», por oposición al «Consenso de Washington» que un par de décadas antes impuso medidas de libre mercado y recortes del gasto (calificadas por sus oponentes como neoliberales), especialmente a los países latinoamericanos.

«El atractivo del Consenso de Brasilia puede desaparecer rápidamente», advertía en 2016, ya comenzada la crisis, el otro libro referido de Brookings Institution, Aspirational Power, «porque está construido sobre débiles fundamentos institucionales domésticos y una economía que es competitiva solo en los altamente variables mercados internacionales de materias primas. Las estructuras domésticas de Brasil minaron su poder en la década de 1980, y otra vez en 2015».

¿Broche a la corrupción?

La década de oro de las materias primas supuso un importante crecimiento del PIB en muchos países sudamericanos, pero el salto en los ingresos estatales –la industria de la extracción está controlada, directa o indirectamente, por los gobiernos–alimentó al mismo tiempo una enorme corrupción pública. También en esto el encarcelamiento de Lula puede simbolizar el fin de una era.

El caso Odebrecht, que ha llevado al procesamiento de diversos dirigentes latinoamericanos, ha sido especialmente explosivo en Perú, donde varios previos presidentes están en prisión y el último tuvo que dimitir, pero la trama comenzó en Brasil, de donde es esa gran empresa de construcción e ingeniería. A Lula se le encarcela por la rama brasileña de ese escándalo. Sobre él pesa, además, la sospecha de que actuó de mediador para la expansión de Odebrecht por Latinoamérica, en oscuros tratos. En cierta forma, Lula habría usado Odebrecht (y la petrolera Petrobras) como Hugo Chávez utilizó la estatal PDVSA.

No es que la reacción ante este caso termine con la corrupción en Latinoamérica. Pero la decidida actuación de la justicia brasileña sí parece poner el broche a un tiempo de especial abuso. Mucho de él fue en paralelo, probablemente por coincidir con la década de boom de las materias primeras, con la extensión de la izquierda bolivariana. Si la ausencia electoral de Lula, que encabezaba las encuestas de cara a las presidenciales de octubre, acaba facilitando el triunfo electoral de la derecha en Brasil, estaríamos también ante otro gran cierre de ciclo, esta vez en el terreno ideológico, ya comenzado a dar en otros países vecinos.