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La verdadera opinión de Hitler sobre Franco: un líder manipulable y con «amaneramientos»

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Durante la Segunda Guera Mundial, el «Führer» insistió en que el español había ganado la Guerra Civil gracias a los aviones de Von Richthofen

Acapulco Gro., 19 de agosto del 2018(AVBC) Ni idílica, ni de aprecio mutuo. Aunque la imagen que ha prevalecido de la relación entre Francisco Franco y Adolf Hitler es la de dos personajes que se respetaron y colaboraron de forma estrecha a partir de la década de los 30, la realidad es bien diferente. Así lo demuestra el que el «Führer» cargara en sus conversaciones privadas contra su homólogo español describiéndole como un líder sin «personalidad para enfrentarse a los problemas políticos del país» y como un incapaz que, tras ganar la Guerra Civil, había adquirido «todos los amaneramientos» de la «antigua realeza» absoluta. Su desprecio llegó a su punto álgido durante la entrevista de Hendaya, cuando el germano se sintió exasperado tras la conversación que ambos mantuvieron y salió de la misma murmurando un sencillo «con estos tipos no hay nada que hacer».

Con todo, la opinión que Hitler tenía de Franco era similar a la que profesaba a los españoles. No en vano les definió a lo largo de su vida como unos «vagos» que adoraban a una «reina ramera» como era Isabel la Católica.

Los únicos compatriotas que pudieron evitar las duras críticas del «Führer» fueron los miembros de la División Azul. Soldados a los que consideró de gran utilidad durante la Segunda Guerra Mundial. «Creo que una de nuestras más felices iniciativas fue permitir que una legión española luchase a nuestro lado. En la primera ocasión, condecoraré a Muñoz Grandes con la Cruz de Hierro con hojas de roble y brillantes», explicó el líder nazi el 5 de septiembre de 1942 durante una de los encuentros con sus más íntimos amigos que han sido recopilados en «Las conversaciones privadas de Hitler».

Primeros acercamientos

La relación entre los dos líderes no comenzó de la mejor forma para Franco. Según explica el historiador y ensayista Pierpaolo Barbieri en su documentado libro «La sombra de Hitler: El imperio económico nazi y la Guerra Civil española», su «amistad» (si es que puede llamarse así) se inició el 25 de julio de 1936, poco después del alzamiento del día 18.


Aquella jornada el «Führer» recibió a los emisarios del militar y escuchó de su boca que estaban desesperados por contar con algunos aviones alemanes para poder viajar desde el norte de África a la Península y dar el pistoletazo de salida al enfrentamiento. En palabras del experto, el teutón se quedó perplejo ante la solicitud. «Este no es modo de comenzar una guerra», afirmó.

Junker JU-52
Junker JU-52
A pesar de ello, Hitler hizo apostó de forma personal por Franco y envió al Marruecos hispano 20 aviones de transporte Junkers Ju 52 que, durante todo aquel verano, transportaron a cientos de combatientes hasta la Península. Una ayuda que -junto con la italiana- fue determinante para que el militar y sus aliados estuviesen en igualdad de condiciones a la hora de enfrentarse a la República.

«El “Führer” tomó a título personal siempre las grandes decisiones de política exterior. Gracias a ello Franco consiguió su ayuda. Además, el mensaje llegó, curiosamente, en el mejor momento del día para que aceptase: por la noche y tras ver una ópera, cuando a él le gustaba hablar de estrategia. En ese momento estaba receptivo. Por otro lado, la operación realizada en España tuvo un nombre wagneriano, “fuego mágico”, porque Hitler acababa de salir precisamente de ver un espectáculo de este autor», explicaba el propio Barbieri a ABC para el artículo «El dictador económico tras el “Führer”».

Franco declaró la neutralidad de España horas antes de la Conferencia de Múnich
En sus palabras, «los emisarios de Franco contactaron con la persona indicada en el momento indicado» ya que, «si hubiera sido por el ministerio de asuntos exteriores alemán, a los franquistas les hubieran dicho que no colaborarían».

Aunque el líder nazi comenzó con ilusión aquella nueva relación política, empezó a perder la confianza (siempre según Barbieri) en Franco cuando se celebró la Conferencia de Múnich. La misma en la que la comunidad internacional entregó los Sudetes a Hitler para tratar de calmar sus ansias expansionistas a través de Europa. «Temeroso de una intervenció tardía de británicos y franceses en una guerra que seguía librándose, Franco se apresuró a declarar la neutralidad de España horas antes de la conferencia», añade el experto en su obra. El anuncio no gustó nada en Alemania, desde donde le reprocharon su actitud. Aquel fue el pilar sobre el que se forjó la desconfianza del nazi por el español.

Deuda eterna

Lejos de olvidarse de la ayuda que había prestado la Alemania nazi con la Legión Cóndor (la encargada, entre otras cosas, de bombardear Guernica), Hitler recordó en multitud de ocasiones a sus amigos más íntimos la importancia que habían tenido sus aviones en la victoria del ejército franquista. El 7 de julio de 1942, durante la cena, insistió varias veces en ello:

«Franco y compañía pueden considerarse muy afortunados de haber recibido en su primera guerra civil la ayuda de la Italia fascista y de la Alemania nacionalsocialista. […] Una cosa es completamente segura. La gente habla de una intervención de los cielos que decidió la guerra a favor de Franco: quizá sea así; pero el resultado no lo decidió una intervención de la señora llamada Madre de Dios […] sino la intervención del general alemán Von Richthofen y de las bombas lanzas desde los cielos por sus escuadrones».

Wolfram von Richthofen
Wolfram von Richthofen
Ese mismo día, tal y como se puede leer en las cartas recogidas en «Las conversaciones privadas de Hitler», el líder nazi mostró también sus reservas sobre el español. «Solo el futuro mostrará si un general tiene la perspicacia política precisa para alcanzar el éxito», señaló. Durante la velada también afirmó que era necesario «promover tanto como podamos la popularidad» del general Agustín Muñoz Grandes, al frente de la División Azul en la URSS. Y es que, según sentenció, este militar era «un hombre enérgico» y «capaz de dominar la situación» de España.

Por si fuera poco, la tarde del 3 de septiembre de 1942 Hitler volvió a recordar lo determinante que habían sido sus aeroplanos durante los primeros días de la Guerra Civil y cargó por enésima vez contra el español. «Franco tiene que levantar un monumento a la gloria del Junker 52. A este avión es a quien tiene que agradecer su victoria la revolución española. Fue una suerte que nuestro avión pudiese volar directamente desde Stuttgart a España», indicó.

«Franco tiene que levantar un monumento a la gloria del Junker 52. A este avión es a quien tiene que agradecer su victoria la revolución española
Barbieri coincide con esta idea: «España era muy pobre para una guerra, y más especialmente para una guerra contra ella misma. El 18 de julio el bando franquista estaba principalmente ubicado en Marruecos, económicamente carecía del poder del estado, y no tenía ni el control de centros industriales de importancia ni de grandes ciudades como Madrid o Barcelona. Por ello, los diplomáticos republicanos pensaron desde el principio que el levantamiento estaba condenado y que sus enemigos no tenían posibilidades. Pero ya no solo de ganar una guerra, sino ni tan siquiera de afrontarla. Es por ello que la intervención fascista fue determinante».

Críticas frontales

Pero todas estas frases son apenas críticas veladas si las comparamos con las duras palabras que el dictador nazi dedicó al general español el 7 de julio de 1942. Aquella jornada, durante la cena, el «Führer» incidió en que Franco no estaba capacitado para aunar bajo una misma bandera las diferentes ideologías que habían aflorado tras su conquista del poder:

«La situación española está evolucionando de modo lamentable. Evidentemente, Franco no tiene personalidad para enfrentarse a los problemas políticos del país. Y eso que él tuvo como punto de partida una situación mucho más favorable que la del Duce o la mía, pues nosotros dos no solo nos tuvimos que apoderar del Estado, sino que además hubimos de poner a las fuerzas armadas de nuestra parte».


A su vez, y durante aquella velada, Hitler barajó la posibilidad de que estallara, tarde o temprano, una nueva Guerra Civil en España:

«Hay que tener cuidado y no poner al régimen de Franco al mismo nivel que el nacionalsocialismo o el fascismo. Todt, que emplea en sus talleres a muchos de los denominados “rojos” españoles, me ha dicho en repetidas ocasiones que estos rojos no lo son en el sentido que damos nosotros a la palabra. Se consideran revolucionarios por derecho propio. Y se han distinguido grandemente como trabajadores aplicados y diestros. Lo mejor que podemos hacer es conservar tantas de estas personas como podamos […] como reserva por si estallara una segunda guerra civil. Junto con los supervivientes de la antigua Falange, formarán la fuerza más de fiar de que disponemos».

Con todo, una de las críticas más duras que lanzó contra Franco fue la de haber asumido las costumbres de la misma realeza contra la que había cargado. Así lo dejó claro el 5 de septiembre de 1942:

«Cuando Franco aparece en público siempre está rodeado de su Guardia Mora. Ha asimilado todos los amaneramientos de la realeza, y cuando el rey vuelva, ¡él será el caballerizo ideal!».

Una desgraciada entrevista

Sin embargo, a día de hoy existe todavía un enigma relacionado con estas críticas: ¿Cuándo entendió Hitler que Franco no era el político y militar capaz que había considerado antes de la Guerra Civil? Parece que todo se remonta a la entrevista que ambos mantuvieron en Hendaya el 23 de octubre de 1940. No en vano, el germano llegó a afirmar a Mussolini después de la misma que «antes que volver a pasar por eso, prefiero que me saquen tres o cuatro muelas».

Aunque ambos charlaron durante más de tres horas en Hendaya no lograron llegar a ningún acuerdo. El encuentro decepcionó a Hitler hasta tal punto que, tras la entrevista, afirmó que Franco le había sacado de sus casillas con su «voz baja y reposada, cuyo monótono soniquete recordaba al amuédano llamando a los fieles a la oración». Una vez que salió del vagón, de hecho, espetó en voz baja lo siguiente: «Con estos tipos no hay nada que hacer».

Lo que más desesperó a Hitler durante el encuentro fue que Franco repitió en varias ocasiones que, aunque los nazis expulsasen a los británicos de Inglaterra, la «Royal Navy» seguiría combatiendo junto a los aliados desde Canadá.

«El indignado "Führer" se puso nerviosamente en pie de un salto, exclamando que no tenía objeto seguir hablando. A Hitler le exasperaba lo que consideraba una incorregible estrechez de miras por parte de Franco al albergar dudas sobre la victoria alemana ante Inglaterra, y su mal gusto al expresarlas. Sin embargo, evidentemente lo pensó dos veces antes de interrumpir el encuentro y se volvió a sentar», explica Paul Preston en su popular libro «Franco. Caudillo de España».