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Jue, Jun

El cristianismo, contra la «tenebrosa lacra» del infanticidio en el Imperio romano

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Las investigaciones sobre sobre este tipo de crimen en la historia sitúan en el siglo IV, el de la conversión de Roma al cristianismo, el comienzo de la lucha contra esta lacra

El 16 de noviembre del año 318 el imperio romano el asimiló el infanticidio, el asesinato del recién nacido, al crimen de parricidio. Limitaba así la patria potestad del padre de familias sobre su progenie, hasta entonces casi absoluta en los primeros días de vida de los bebés. El emperador romano que promulgó este decreto («Codex Theodosianus» 9, 15, 1) fue Constantino el Grande, el primer emperador cristiano. Otro emperador cristiano, Valentiniano, promulgaría el 7 de febrero del año 374 otra ley por la que el castigo del infanticidio se equiparaba al de cualquier otro tipo de homicidio («Codex Theodosianus» 9, 14, 1).

Los dos investigadores pioneros sobre la tenebrosa historia del infanticidio, los norteamericanos John T. Noonan Lloyd DeMause, reconocen taxativamente que fue en el siglo IV, el de la conversión de Roma al cristianismo, cuando en Occidente se comenzó a luchar de veras contra esta lacra.

Fruto de siglos de tradición

En efecto, al igual que sucedió con la esclavitud, la tortura judicial, la prostitución infantil, la pena capital por crucifixión o el combate de gladiadores, la mutación de las mentalidades que supuso el triunfo del cristianismo en el Imperio romano marcó un antes y un después en la protección de los derechos de los más débiles. La crueldad descarnada de las estructuras sociales del mundo antiguo comenzó entonces a verse paulatinamente atemperada por el humanismo cristiano. Así, el fin de la violencia contra los más indefensos fue uno de los principales logros de la cristianización de la sociedad. Un logro por supuesto olvidado por la selectiva memoria histórica de nuestra época secularizada, presa de amnesia en lo relativo a la decisiva contribución del cristianismo a la historia de los derechos humanos.

Las dos novedosas disposiciones legislativas antes mencionadas eran el fruto de siglos de tradición ética cristiana en torno a la protección de la vida más preciosa, aquella de los más inocentes y los más débiles de entre los seres humanos: los recién nacidos y los no nacidos. Dos textos cristianos primitivos tan antiguos como la «Didaché»(c. 100 d.C.) y la «Epístola de Bernabé» (c. 130 d.C.) marcaron el camino: el primero denunciaba que el «camino de la Muerte» es el que siguen los paganos que dan muerte a sus bebés («Didaché» 5, 2), mientras que el segundo prohibía expresamente a los cristianos tanto el infanticidio como el aborto («Epístola de Bernabé» 19, 5).

San Justino Mártir, el primero de los padres de la Iglesia de formación filosófica, había escrito, recogiendo la tradición bíblica hebrea («Éxodo» 21, 22-23) que condenaba el aborto y el infanticidio (tradición renovada por Filón de Alejandría), que «abandonar niños es un acto propio de hombres depravados» y «asesinos» («Apología» I, 27 y 29). Tertuliano, en su escrito apologético A las naciones («Ad nationes» I, 15), denunciaba cómo la práctica de abandonar a los niños a los perros o ahogar a los recién nacidos es «algo común entre los paganos». Un siglo después, en torno al año 300, Lactancio aún denunciaba que «los paganos estrangulan a los recién nacidos no deseados» («Divinae institutiones», V, 9, 15).

«Alimento para animales salvajes»

En efecto, Suetonio en sus «Doce Césares» (Vida de Calígula, 5) afirma que la vida del recién nacido dependía por completo de la voluntad de sus padres. Porque, al igual que sucede con el drama de la esclavitud, al infanticidio en la Antigüedad Clásica se le ha quitado importancia por parte de muchos historiadores a pesar de los centenares de claras referencias por parte de los autores antiguos en el sentido de que era un hecho cotidiano y aceptado. Los bebés eran arrojados a los ríos, envasados en vasijas para que se murieran de hambre y abandonados en cerros y caminos, «presa para las aves, alimento para los animales salvajes» como dice Eurípides. La triste realidad es que en el mundo grecorromano a todo niño que no fuera perfecto en forma, tamaño o salud a partir de las pautas contenidas en las obras ginecológicas sobre «Cómo reconocer al recién nacido digno de ser criado», auténticos manuales de instrucciones para practicar el infanticidio a gran escala, generalmente se le daba muerte sin mayores escrúpulos. El cristianismo comenzó a poner fin hace 1.500 años a esta aberración que aún coleaba en el siglo XIX en algunos ámbitos. Conviene que al menos los cristianos lo recordemos.