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Dom, Sep

Trump salva su presidencia y se hace con el control total del Partido Republicano

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Cómo el presidente consiguió el fracaso del tercer impeachment de la Historia

(ABC) Faltaban 20 minutos para las seis de la tarde del viernes y el líder de la mayoría republicana en el Senado de EE.UU., Mitch McConnell, miraba al frente sentado en su pupitre, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción en la boca. El magistrado del Tribunal Supremo, John Roberts, que preside el juicio político contra Donald Trump en el Senado, acababa de llamar a votar a la senadora de Alaska Lisa Murkowski. «No», había dicho esta. Ese voto acaba de condenar al fracaso el tercer impeachment de la historia de EE.UU. McConnell, un viejo zorro que lleva trabajándose los pasillos del Capitolio desde 1985, era consciente de que acababa de salvar la presidencia de Trump con una labor de equilibrismo político que pasará a los libros de Historia.

Cuando la defensa de Trump acabó sus alegatos el martes, las cosas no es que pintaran bien para el presidente. Un libro de memorias escrito por el consejero de Seguridad Nacional al que despidió en septiembre, John Bolton, filtrado a la prensa, le acusaba de haber cometido un delito de abuso de poder al chantajear a Ucrania para que investigara al político demócrata Joe Biden. Decía Bolton en el libro que él fue testigo de esos hechos y sus abogados comunicaron al Capitolio que estaba dispuesto a declarar, si le llamaban. El presidente enfureció, descalificando a Bolton en redes sociales, y exigiendo a su partido que rechazara llamar a más testigos y liquidara este juicio cuanto antes.

Un juicio político como el que se celebra en el Senado es algo poco común. Sólo ha habido tres en toda la Historia. No hay reglas fijas. Los senadores votan, por mayoría simple, qué hacer. En un principio, el 21 de enero acordaron dar un turno de tres días a la fiscalía, otros tres a la defensa, dos jornadas de preguntas y respuestas y después votar si necesitaban testigos o no. Y de repente, cuando debían decidir sobre los interrogatorios, un halcón neoconservador empleado por todos los presidentes republicanos desde Ronald Reagan, se ofrecía a testificar contra Trump.

Por unos días, el Partido Republicano pareció quebrarse. Trump, un líder provocador e iconoclasta, nunca ha escondido su desprecio por la generación de funcionarios y diplomáticos que sirvió en los años de George Bush hijo, incluido Bolton. Los presentadores y contertulios estrella del canal Fox News se pusieron del lado del presidente, que se lamentó de haber fichado a Bolton: «Si por él fuera ya habríamos comenzado la III Guerra Mundial». Otros se atrevieron a defender al despedido consejero de Seguridad Nacional, como el que fue segundo jefe de gabinete de la Casa Blanca con Trump, también despedido, John Kelly: «Conozco bien a John Bolton, y no miente».

Lo que dijeran unos y otros, sin embargo, era algo secundario, ya que quienes debían decidir sobre la suerte de Trump eran los 53 senadores republicanos, que debían votar el viernes sobre si llamaban a testificar a Bolton y otros, o no. La gran mayoría defendió al presidente inmediatamente, y lo dejaron claro en el turno de preguntas y respuestas, empleando sus intervenciones, presentadas todas por escrito, para criticar a la fiscalía, que ejercen los demócratas. Al fin y al cabo, en las elecciones del 22 de noviembre de ellos se presentan a la reelección, y nada puede perjudicarles más que un insulto del presidente a través de Twitter.

Trump temía una humillación

McConnell, el líder del partido en el Senado, fue contando votos y el miércoles le notificó a la Casa Blanca que carecía de los suficientes para impedir que los demócratas se salieran con la suya. Había al menos cuatro republicanos que se decantaban por aceptar los interrogatorios. Se abría por tanto la posibilidad de alargar el juicio político varias semanas. Trump temía que el testimonio de Bolton, que es la antítesis de los demócratas, un conservador de pro, cambiara pareceres en su propio partido. Es cierto que para destituirle en el voto final, que se producirá el miércoles, 20 senadores republicanos deberían sumarse a los demócratas, algo poco probable. Más que una derrota, el presidente temía una humillación.

Entre jueves y viernes, McConnell se puso manos a la obra. En unas agónicas horas, mientras el juicio seguía su curso en el Capitolio, el senador trató de convencer a los cuatro rebeldes en sus filas con todo tipo de argumentos, que luego saldrían a la luz por medio de declaraciones y comunicados: no hay pruebas de la culpabilidad de Trump; si las hay no es un delito grave; aunque fuera un delito grave no le hacer merecedor de la destitución; aunque sea merecedor de la destitución, el hecho de expulsarle rompería el país en dos. Ya en la madrugada del viernes, uno de los cuatro díscolos, Lamar Alexander, anunció en un comunicado que se opondría a llamar a testigos.

Quedaba entonces el riesgo de un empate: 50 senadores a favor y 50 en contra. Tanto republicanos como demócratas se preguntaron si el magistrado Roberts, que preside el juicio, podría romper el empate. Es un juez al que nombró Bush hijo, considerado conservador, pero que en 2015 salvó la reforma sanitaria de Barack Obama. Roberts reunió a ambas partes y les comunicó que no lo haría. «No sería procedente que este problema lo solucionara un miembro no elegido de un poder diferente al suyo como es el judicial».

La mañana del viernes, McConnell se dedicó a tratar convencer a los últimos tres díscolos -Mitt Romney, Susan Collins y Lisa Murkowski con los mismos argumentos. Con uno sólo que entrara en el redil bastara. Finalmente fue Murkowski, quien al razones su voto dijo: «No existen garantías de que este juicio vaya a ser justo, por lo tanto no vale la pena prolongarlo». Finalmente Romney y Collins votaron con los demócratas.

El presidente ni siquiera estaba en Washington. Trump recibió la noticia de que su presidencia estaba salvada a bordo del avión Air Force One, de camino a su residencia en Florida.