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Mar, Oct

Julia Takacs, primera medalla española en Berlín: «Pude morir por una trombosis pulmonar»

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TLETISMO...La marchadora de origen húngaro, pupila de Jesús García Bragado, logra el bronce en los 50 kilómetros

Acapulco Gro., 07 de agosto del 2018 (ABC) Llega Julia Takacs a la soleada meta de Berlín junto a la imponente iglesia protestante del káiser Wilhem Gedachnits, destruida parcialmente en la II Guerra Mundial, y abraza, besa, estruja a Montse Pastor, su entrenadora, la pareja de Jesús García Bragado, el motivo por el que esta joven húngara nacionalizada española ha encontrado sentido al atletismo. «Solo pienso en sentarme, beber e irme a la playita», dice risueña en posesión de la medalla de bronce, el primer metal de España en el Campeonato de Europa. Lo hizo en una modalidad de gran tradición en nuestro país, que parecía sepultada por los velocistas: la marcha. Fue tercera en los 50 kilómetros, una prueba que se estrenaba en el calendario, tortura de más de cuatro horas que ganó la portuguesa Henriques.

A primera hora del día, nueve de la mañana en la bulliciosa Berlín, hay calma en la zona habilitada para el avituallamiento de los atletas. Los cuatro entrenadores particulares de los marchadores españoles hacen su trabajo con diligencia. Toman tiempos, preparan el abastecimiento líquido y dan referencias precisas. Chicos y chicas compiten juntos. Ya se ha destacado la portuguesa Ines Henriques, que sale como un tiro a ritmo de récord del mundo, mientras un grupo compacto preside la carrera masculina.

«En esta distancia se trata de mantener la cabeza fría y aguantar hasta el kilómetro 40», cuenta Montse Pastor. «No hay que cebarse con el ritmo. Se trata de ajustarse a tus posibilidades, conocerte. Y a partir del km 40, correr, porque ahí se decide todo», explica el responsable técnico de la Federación, José Antonio Carrillo.

Julia Takacs no cae en la trampa de los tirones de sus adversarias ucranianas, eslovaca y serbia, que se han colocado por delante. Van con prisas en un enjambre de cuerpos esqueléticos, hombres y mujeres consumidos por los entrenamientos, las horas de sacrificio y el esfuerzo. Takacs no pertenece a ese perfil escuálido. Ella es de caderas ancha, de talla alta, de tendencia a engordar si se descuida.

Las otras españolas también están en la misma pelea, un escalón por debajo. A cada paso por meta, contrameta y el box, se escucha la voz cantarina de Ainhoa Pinedo, que no calla pese al tremendo gasto de energía que lleva consigo. «La bielorrusa se ha parado...», informa. «¿Ya voy novena, no?, quiere saber. Acabará séptima tres horas más tarde, un puesto por delante de Mar Juárez, a quien entrena Valentín Massana, célebre marchador de los años noventa que estuvo a punto de ganar medalla en los Juegos de Barcelona 92 y luego fue campeón del mundo de en Stuttgart.

Montse Pastor aplica una disciplina espartana para abastecer a García Bragado y a Takacs. Corta con pulcritud el tapón de cada botellín de agua, lo vacía un tercio para procurar a sus atletas la hidratación perfecta (100 miligramos de agua, sales o hidratos, siempre entre 14 y 16 grados por cada diez minutos de carrera) y lo entrega con precisión ciclista (sujeta con los dedos el recipiente para que el marchador lo pueda agarrar sin problema al paso por cada vuelta).

 

El box español y del resto de competidores es una sinfonía de refrigeración: hielo en las gorras, que se cambian casi a cada giro, hielo para los geles energéticos, duchas que esparcen agua fresca. A García Bragado se le ha caído dos veces el gel y a la segunda, tapona su grupo y retrocede para agenciarse avituallamiento. No es su día a efectos personales, como va a comprobar en breve, aunque es la jornada de coronación de Julia Takacs.

«El plan salió según lo previsto», comenta la española nacionalizada una vez termina rodó. Lo previsto era apretar al final, guardar energías para la resolución. Antes de eso, García Bragado se descuelga, su carrera ha terminado por un trallazo en los isquiotibiales, pero se junta a Takacs durante unas vueltas para animarla y aconsejarla. Bragado no puede con el ritmo de su pupila y se retira en el kilómetro 36, justo cuando Julia se dispone a capturar su medalla. La ucraniana Vitovschyk ha recibido dos avisos por marcha irregular (flexión de la pierna al apoyar en el suelo) y afloja el ritmo. Takacs aprieta según el plan y en pocas vueltas le toma una ventaja duradera. Tiene el bronce diez kilómetros más allá.

«Lo ha hecho perfecto –dice Bragado en el box español, mientras se aplica hielo a su pierna izquierda–. No tenía que cogerla rápido, sino progresivo». El inoxidable Bragator se ha retirado, pero está feliz por Takacs. «Ánimo, rubia», le grita cuando se acerca a la estancia. «Que vas a quitarle el segundo puesto a la otra ucraniana», le miente.

Takacs, hija de emigrantes húngaros que buscaron una oportunidad, alcanza la meta enfundada en la bandera española. «Son 50 kilómetros, estoy muy cansada y muy feliz –dijo–. Hablamos ayer por la noche e hice todo lo que había que hacer». Previo paso por una concentración en Bañolas y en Font Romeu, se lleva una medalla de bronce de Berlín. Para no olvidarlo. «Jamás estaré suficientemente agradecida a mis entrenadores, mi pareja, mis amigos, mis padres, todos los que me aguantan los días que ni yo misma me soporto».

«Cada uno tenemos nuestra historia», dice entre jadeos pero resuelta Julia Takacs, unos segundos después de haber ganado la medalla de bronce. Lo cuenta como un detalle más, sin que su historia emigrante deba ser mejor ni peor que cualquier otra. Los padres de Takacs, nacida en Budapest (Hungría), tuvieron que emigrar a España por motivos laborales y aquella niña de 14 años se integró a la perfección en su país de acogida. Lleva quince años en suelo ibérico y así lo demuestra en su castellano casi perfecto cuando relata el tremendo episodio que vivió en enero pasado. «Me dolía la espalda y yo creía que era solo eso. Pero cuando me trataron los médicos, me diagnosticaron una trombosis pulmonar». Un cuadro de escalofrío: es el bloqueo de la arteria pulmonar, normalmente como consecuencia de un coágulo en la pierna llamado trombosis venosa profunda, que se desprende y viaja por el torrente sanguíneo hasta el pulmón. «Dejé de preocuparme por mi carrera deportiva, porque me dijeron que podía haber muerto», suelta sin más en la zona de meta. Espontánea y vivaracha, explica que aquello pasó y que en marzo ya se estaba entrenando para modelar otros sueños. «Desde que me sucedió lo del trombo, solo he ido para arriba», dice mientras dibuja un avión en el cielo de Berlín.