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Vie, Mar

Sebastián Taberna, el «otro Capa» de la Guerra Civil

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Luchó con los requetés en el bando nacional y tomó más de 5.500 imágenes hasta ahora inéditas que el libro «La cámara en el macuto» saca a la luz junto con las de otros seis combatientes fotógrafos

El 19 de julio de 1936, el mismo día que cumplía los 29 años de edad, Sebastián Taberna realizó su primer reportaje de guerra con un puñado de fotografías que, muy posiblemente sean las primeras tomadas en Pamplona de la sublevación. Eran las siete de la mañana y en la céntrica Plaza del Castillo se reunía la primera formación de voluntarios carlistas que partirían al frente, convencidos de que la Guerra Civil recién desatada se resolvería en unos pocos compases y estarían de regreso «para la siega». Taberna recogió con su Leica aquellos momentos de nerviosismo y de espera antes de encaminarse él también hacia los cuarteles para alistarse y salir camino de Madrid. Desde aquel día de su cumpleaños al término de la contienda, este pamplonés tomó más de 5.500 fotografías de los combates y del día a día de los soldados en el frente. Nunca vieron la luz.

A su regreso, guardó cuidadosamente sus decenas de rollos de negativos y varios cientos de positivos en cinco cajas de madera, en el desván de su casa de Pamplona. Los recuerdos que le evocaban eran, sin duda, dolorosos. Y allí ha permanecido este singular testimonio de la Guerra Civil, oculto a todos, hasta que su hija María Eugenia decidió «desempolvar» y recuperar su legado fotográfico. Pablo Larraz Andía Víctor Sierra-Sesúmaga lo han rescatado del olvido en «La cámara en el macuto» (Esfera de los libros), un libro que muestra por primera vez el trabajo de Taberna y el de otros seis fotógrafos y combatientes carlistas que se han mantenido durante 80 años en archivos familiares: Nicolás ArdanazMartín GastañazatorreJosé González de HerediaJulio GuelbenzuGermán Raguán Lola Baleztena. Una mirada a la guerra desde los ojos de quienes la vivieron en primera persona, original y libre de consignas propagandísticas.

«No fueron profesionales, aunque tampoco meros aficionados en el sentido más limitado, porque tenían un cierto nivel de preparación y pericia técnicas» y «su calidad fotográfica es notable», destaca el historiador Stanley G. Payne en el prólogo de esta obra respaldada por la Fundación Ignacio Larramendi, que da a conocer casi 1.000 fotografías de interés histórico, de las que el 80% son inéditas.

 

Entre ellas, destaca Payne, la imagen de los «gudaris» (soldados nacionalistas vascos) que se entregaron a las fuerzas italianas, concentrados en la playa de Santoña en agosto de 1937.

«La cámara en el macuto» recorre los frentes de Somosierra y Navafría, el avance de las columnas sublevadas hacia San Sebastián, las precarias condiciones de los requetés en Álava, la toma de Sigüenza, la ofensiva de Vizcaya o la batalla del frío en Teruel.

El objetivo de estos voluntarios fotógrafos se fija en los parapetos, las marchas y morterazos y en las misas de campaña, pero también en los vecinos de las localidades próximas a los frentes que intentaban seguir con sus vidas durante ese tiempo de obligada convivencia con las tropas, en aquellos momentos en los que los soldados «olvidaban estar en guerra» y trataban de divertirse jugando una partida de mus o tocando el acordeón, en la ansiedad con la que leían las noticias que llegaban, o en los ratos en los que la nostalgia de casa se apoderaba de ellos y escribían a sus familias sobre una caja de tabaco o de leche.

 

Inmortalizan a los tipos más curiosos del lugar y retratan además la otra cara de la guerra, mostrando el dolor de los heridos y los cuidados que recibían, los sobrios entierros en improvisados cementerios de campaña o la vida en la retaguardia.

 

Una visión muy humana y real

 

«Es una visión de la guerra muy humana y real desde el interior de este microcosmos carlista de la Guerra Civil», subraya Pablo Larraz, que destaca de entre estos fotógrafos a Sebastián Taberna «por su especial sensibilidad y su técnica vanguardista, capaz de hacer una foto de gran calidad metiéndose en acción y además auténtica, sin montajes ni escenificaciones».

 

«Podría considerársele un Capa del bando nacional, con algunas imágenes realmente excepcionales», asegura aludiendo al mítico fotógrafo Robert Capa, mientras señala el reportaje que realizó desde dentro de la toma de Sigüenza, en el que recogió tanto la preparación y el desarrollo de los combates como el asalto a la catedral en octubre de 1936. Taberna fue el primer fotógrafo en entrar en el templo tras la batalla y en tomar imágenes de los daños provocados por los impactos de artillería.

En una de estas imágenes, unos prisioneros republicanos aguardan tras la batalla a ser conducidos a Soria. Atados de manos y codos y algunos heridos, la fotografía los trata con respeto. El mismo que se aprecia en las escasas fotos de muertos en combate. Impresiona particularmente una de ellas, de un combatiente republicano con los ojos abiertos y una naranja junto a su mano, que posiblemente se disponía a comer cuando cayó víctima de la artillería y que «estremeció sobremanera a Sebastián Taberna», según ha podido saber Larraz.

 

Una secuencia de la toma de Sigüenza - Sebastián Taberna

Fue María Eugenia, una hija de Taberna, quien se puso en contacto con el escritor tras la publicación de «Requetés. De las trincheras al olvido» (Esfera de los libros, 2010), que también firmaba junto a Sierra-Sesúmaga. Así fue como Larraz supo del valioso archivo que este hombre, «con gran sensibilidad e interés artístico, y de formación autodidacta», conservó en perfecto orden y estado de conservación «con el sentido histórico de que eso algún día debía ver la luz».

 

Improvisado laboratorio de revelado de Sebastián Taberna en la cocinilla de una casa en el frente de Guadalajara - Archivo Taberna Belzunce

Amigo de Nicolás Ardanaz, con quien coincidió en algunos momentos de la guerra, compartió escenas y retratos con él, aunque sus estilos fueron muy diferentes. Ardanaz más pausado y estético, Taberna más espontáneo y experimental, con un especial interés hacia la vertiente humana de la guerra.

«Es muy inusual y extraordinario, además, cómo Taberna revela las imágenes en el mismo campo de batalla, en estudios improvisados», relata el autor de «La cámara en el macuto». Como conductor de un camión para labores de enlace e intendencia, podía obtener material fotográfico en sus frecuentes desplazamientos y transportar en el vehículo todo lo necesario para el revelado de las imágenes. «Llegó a revelar fotos en la parte trasera del camión, creando con una lona el cuarto oscuro», anota Larraz.

 

Unos niños en la escalinata de la iglesia de San Juan Bautista de Jadraque en 1937 - Archivo Sebastián Taberna

«Su intención le llevaría a valerse de su Leica para captar momentos históricos que -sabía- llegarían a tener trascendencia, y también recoger el lado más humano de la tragedia», resumen los autores del libro antes de destacar que «actuó casi siempre "por libre", sin medios oficiales a los que enviar sus imágenes, ni más pretensión que la de dejar constancia de los sucesos excepcionales de los que estaba siendo testigo y, a la vez, protagonista». Ochenta años después, Larraz y Sierra-Sesúmaga afirman «sin rubor» que «sin duda nos encontramos ante uno de los grandes fotógrafos de la guerra de España».