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El invento que iluminó el mundo

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Hasta la aparición de la lámpara de gas, las ciudades europeas del siglo XIX estaban sumidas en las tinieblas de la noche, apenas punteadas con velas y quinqués

Acapulco Gro., 21 de mayo del 2018(ABC) Tenemos que retroceder casi doscientos años para asistir al nacimiento de un invento que revolucionó la vida de los europeos: la lámpara de gas. Hasta ese momento vivíamos en un continente con dos caras: una encendida de día y otra apagada de noche.

El alumbrado con gas no sólo benefició a la industria y al comercio, también al ocio y a la seguridad ciudadana. No hay que olvidar que la oscuridad fue durante siglos el mejor aliado de los amigos de lo ajeno, que les permitía operar con absoluta impunidad, simplemente porque “no se veía”.

A pesar de todas estas ventajas la lámpara de gas gozó de mala prensa en algunos sectores y tuvo muchos detractores en sus inicios, que se quejaban de su mal olor.

La lámpara de gas fue un invento británico que debemos al ingeniero William Murdoch (1754-1839). Este inventor escocés observó en 1792 que los gases desprendidos de la combustión de la madera, la turba y la hulla tenían tres características muy atractivas: eran altamente inflamables, transportables y se podían encender y apagar con facilidad.

Antes de finalizar el año Murdoch pudo sorprender a sus vecinos al iluminar su casa en Redruth (Cornwall, Inglaterra) utilizando ese tipo de alumbrado, en lugar de la grasa animal y el aceite tradicionales.

En 1805 los londinenses fueron los primeros en disfrutar de un alumbrado público, la primera calle iluminada fue Pall Mall Street. Seguramente su nombre no es indiferente a los amantes de la literatura, ya que en el 104 estaba emplazado el distinguido Reform Club, al cual pertenecía el caballero Phileas Fogg.

A Londres siguieron Preston (Inglaterra) y Baltimore (Estados Unidos), en ambas el alumbrado llegó en 1816. Muy poco tiempo después las principales calles de Nueva York se iluminaron con más de dos mil lámparas, uno de aquellos ejemplares se puede observar todavía en Greenwich Village.

Se hizo la luz en España

En nuestro país tuvimos que esperar, como casi siempre, un poco más, hasta 1826. La noche de San Juan de ese año se encendió la primera lámpara de gas en el laboratorio de la Escuela Química de la Junta de Comercio de Barcelona. Con ese gesto, aparentemente insignificante, Josep Roura i Estrada iniciaba un largo camino en nuestro país.

Durante los meses siguientes se fueron iluminando las principales arterias de Barcelona, lo cual supuso un avance sin precedentes, ya que no hay que olvidar que las lámparas de gas fue el primer servicio en red implantado en la ciudad condal, por delante del agua corriente. Los comercios de las calles Escudellers y del Call fueron los primeros en contar con alumbrado de gas, que les sirvió de reclamo comercial a los atónitos transeúntes.

A la capital del reino la nueva fuente de luz llegó con un poco de retraso. Lo hizo en 1832, con motivo del nacimiento de la infanta Luisa Fernanda –hija de Fernando VII-. Para festejar el natalicio real más de cien farolas iluminaron las calles madrileñas.

Valencia, Cádiz, Bilbao y Málaga no tardaron en sumares a la iniciativa e impulsar el nuevo sistema de alumbrado, en aras del progreso y en detrimento de los sistemas más tradicionales.

La contrapartida fueron los costes que había que asumir. Los ayuntamientos, para contrarrestarlos, emplazaron los fanales en lugares estratégicos, la mayoría de las veces los situaban en las esquinas o en el centro de las calles.

Además, los cabildos dispusieron que las lámparas de gas se apagasen a una hora determinada de la noche y no se encendiesen durante las noches de luna llena. Todas estas restricciones no fueron óbice para que los noctámbulos disfrutasen de más horas de esparcimiento.