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Sáb, Abr

«El infierno de Kanunga»: así se produjo el mayor suicidio colectivo de la historia

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Las primeras informaciones de la «tragedia del siglo» hablaban de 230 muertos. Pocos días después, ya superaban los mil

(ABC)La semana que viene se cumplen 19 años del que ABC calificó en sus páginas como «el suicidio colectivo más mortífero de la historia contemporánea». Se produjo el 17 de marzo de 2000, la fecha en la que se les iba a aparecer la Virgen al líder de lasecta ugandesa de la «Restauración de los Diez Mandamientos de Dios»,Joseph Kibweteere, y a sus cerca de 800 seguidores, para llevarles al cielo. Había llegado «el gran día», pensaron, y locura se desató.

«En la vípera, Kibweteere había escrito a su esposa para anunciarle el suicidio colectivo, según contó su hijo. No obstante, no se ha determinado todavía si el líder de la secta se encuentra entre las víctimas o ha huido con el dinero de sus fieles. Expertos en sectas apocalípticas aseguran que la muerte de los más de 500 seguidores el pasado viernes en la localidad ugandesa de Kanunga, entre ellos decenas de niños y bebés, fue un asesinato en masa», informaba en un principio ABC.

Llegado el día señalado, y tras varios días de ofrendas y rituales, tanto el líder como sus centenares de seguidores se refugiaron en su iglesia,cerraron las puertas con llave y tapiaron las ventanas para que nadie pudiera arrepentirse en el último momento. No querían tener la más mínima posibilidad de escapar. A continuación, se rociaron con gasolina y «desataron el infierno». «Las investigaciones posteriores -añadía este periódico- apuntan a que algunos de los adeptos fueron asesinados por los jefes de la secta y sus cuerpos arrojados a las letrinas».

Un político demócrata

Kimbwetere –un destacado político demócrata de la década de los 60, que, tras perder unas elecciones y desaparecer siete años, comenzó a predicar que había tenido una conversación con la Virgen y Jesucristo, y que la había grabado en una cinta– estaba convencido de que el fin del mundo llegaría en el año 2000.

Aquel mensaje apocalíptico fue difundido entre todos sus fanáticos seguidores, bajo la advertencia de que, antes de que llegara ese momento, debían inmolarse «para poder alcanzar la salvación». «Se oyeron algunos gritos, aunque no muchos», dijeron los vecinos de Kanunga, la pequeña población situada a 320 kilómetros al suroeste de Kampala, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo, donde ocurrió la que entonces llamaron «la tragedia del siglo».

También aseguraron que los fanáticos apenas hablaban, porque tenían miedo de incumplir el mandamiento de «No mentirás», y que, dos días antes, se habían ido congregando en una escuela que los miembros de la secta utilizaban como iglesia, en donde se comieron «tres vacas asadas, bebieron setenta cajas de gaseosa, cantaron y rezaron». Al parecer, siguiendo las recomendaciones de su líder, los seguidores de Kimbwetere vendieron todas sus propiedades los días previos y recorrieron las aldeas cercanas para despedir de sus habitantes.

Las primeras informaciones de la «tragedia del siglo», como la llamaron algunos, hablaban de 230 muertos. Ese era el número de miembros censados por la secta cuando fue registrada, en 1997, como una ONG. Sin embargo, pocos días después la cifra ya había ascendido a más de 1.000, y los periódicos –incluido ABC – la calificaban como el suicidio colectivo más mortífero de la historia contemporánea, ya que superaba al de Guyana en 1978, donde 914 personas, lideradas por el estadounidense Jim Jones, habían acabado con su vida ingiriendo cianuro.

Sin embargo, pasado el tiempo la Policía concluyó que las primeras estimaciones habían sido exageradas y que la cifra final de muertos se había establecido en 778, entre los que se encontraban cerca de 80 niños. «Además, se han hallado cadáveres de adultos que habrían sido asesinados antes del macabro ritual y cuyos cuerpos fueron arrojados a las letrinas cavadas en el exterior de la iglesia», contaba ABC en febrero de 2000.

La cifra de muertos superaba de manera considerable los 88 seguidores de David Koresh que murieron en el incendio de la fortaleza de Waco (Texas), en 1993; los 48 fanáticos de la «Orden Templo Solar» que se quitaron la vida en una granja y tres chalets de Suiza, en 1994, y los 39 miembros de la secta «Puerta del Paraíso» que, en 1997, fueron hallados muertos, en una mansión de San Diego (California, EE.UU.), boca arriba y con un velo que les cubría la cara y el pecho, con el que esperaban iniciar su «viaje» hacia una nueva dimensión, a la que llegarían en la nave extraterrestre.

«Las sectas destructivas no conocen ni fronteras, ni culturas, ni tradiciones, ni arraigos locales. Todo a través de la mente y las emociones puede dar un giro de 360 grados», escribá el psicólogo y experto en sectas, Eloy Rodríguez Valdés, en ABC. Los casi 800 de Kanunga son un triste ejemplo de ello.