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Jue, Jul

OSASUNA 0-2 ATLÉTICO DE MADRID

Deportes
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El Atlético prolonga su felicidad. Los goles de Griezmann y Riquelme ante un buen Osasuna prolongan la buena racha de los de Simeone en la Liga tras la enorme victoria en el derbi del pasado domingo

 

(ABC).- La euforia es intensa, inusual, fugaz. Quizá su humana belleza resida en estos tres adjetivos tan distantes a los de una vida cualquiera; porque los breves momentos de alegría exaltada hacen más llevadero el sopor y, en el mejor de los casos, la tranquilidad habitual. El Atlético de Madrid, tal vez por viejo y trágico, conoce bien a la felicidad instantánea, la teme incluso tras sufrir mil golpes al mentón cuando sonreía, pero cuando consigue domarla y transformarla en algo más que una sensación pasajera es un ente temible. El equipo de Simeone, ese mismo que hace no demasiado perdió con estrépito en Mestalla –o que fue privado de la victoria en Roma por un gol del portero rival en la última jugada del partido–, vivió una noche pletórica en el derbi y construyó una coraza de ilusión en torno a ella. Y, pese a los mil ataques por banda de Osasuna o el empuje del ruidoso y salvaje El Sadar ante la superioridad evidente de los suyos, es muy complicado competir contra un equipo feliz.

Saltó el Atlético al césped pamplonica dispuesto a hacer un fútbol parecido al que padeció el Real Madrid en el Metropolitano. Atacaba contento el equipo rojiblanco, hacía daño por banda a lomos de un gran Samuel Lino y agradecía la calma de Koke. Saúl, en pleno proceso para volver a ser el futbolista que un día fue, dinamizaba el ataque rojiblanco y ganaba cada duelo individual; mientras que Morata, con el alivio de los goles recientes sobre sus hombros, acechaba con peligro la meta de Aitor Fernández. Sin embargo, el Atlético echaba en falta los destellos de calidad de su mejor hombre: Antoine Griezmann.

Pasaba el primer cuarto de hora de encuentro y Osasuna despertaba. No había ganado en El Sadar aún en la presente temporada; la prisa era una evidencia en un equipo ha perdido mesura y, sobre todo, calidad con respecto al curso pasado. Porque pese al talento de Aimar en la medular rojilla, no es lo mismo que el desborde recaiga en Abde que en Mojica. Las diferencias son sangrantes.

Un Lino superlativo

Después de varios tímidos remates de Morata, la primera gran ocasión del encuentro fue un disparo lejano de Torró que rozó el poste derecho de Oblak. Avisaba Osasuna como históricamente hizo en casa: por decantación. Sin embargo, un minuto después, en el veinte, un enorme centro de Lino hacia el propio Morata rebotó en el pecho de Aitor. El balón, escorado y con poco peligro en su haber, cayó en la zurda de Griezmann, que en su primera andadura en el área rival firmaba el 0-1. Gran golpeo de volea del francés, forzando el bote de la pelota para confundir al guardameta local.

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El Atlético abrazaba una ventaja temprana; se hacía gigante en un numeroso bloque bajo y hallaba en Lino un potosí para explorar un latifundio al contragolpe. Pero como tantas veces ocurre, la comodidad antecede a la tormenta.

Osasuna, con una herida profunda en su orgullo, regresó con rabia del vestuario. Empujó al Atleti contra su meta, marcó el gol del empate con un gran remate de cabeza de David García –anulado por el VAR debido a un dudoso manotazo de Aimar sobre Giménez– y murió en la orilla de un empate que finalmente mereció. Ya en el ocaso del choque, instantes antes de la infantil autoexpulsión del Chimy Ávila y Morata en una reiterada exposición de golpecitos e insultos mutuos, el joven talento Riquelme aprovechó un bonito pase interior de Lino, regateó con tranquilidad a Aitor e hizo el 0-2 final para que el Atlético prolongue su felicidad.