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Mié, Feb

El sicario más letal de Escobar

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Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, nunca esperó morir de viejo. Esta semana ha fallecido víctima de un cáncer

(ABC) Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, nunca esperó morir de viejo. Dormir con un ojo abierto y presuponer que cada día puede ser el último son algunas de las condiciones para trabajar como lugarteniente de Pablo Escobar.

La carta de presentación de Popeye estremece. Más de 300 asesinatos, 200 «carros» bomba, el asesinato del candidato a presidente de Colombia Luis Carlos Galán y participación directa en el atentado al vuelo de Avianca en 1989 donde murieron más de 100 personas. Incluso mató a su propia novia por orden de Pablo Escobar al conocerse que era confidente de la policía.

Vida marcada por la muerte

Ser el jefe de sicarios del Patrón era igual que vivir con una diana pegada al pecho. La policía y el FBI iban tras sus pasos, los cárteles rivales también ansiaban verlo bajo tierra, e incluso sus propios hombres podían traicionarlo en el momento menos pensado por un puñado de pesos colombianos. Hasta Pablo Escobar podía ordenar su ejecución si tenía un mal día.

A cambio, Popeye actuaba como el perro de presa que era. Si había que secuestrar al expresidente Pastrana, lo hacía. Si tenía que colocar una bomba en plena calle, no lo dudaba. Si le ordenaban descerrajarle cinco tiros a algún pobre desgraciado, Popeye preguntaba si en el pecho o en la cabeza.

Un modo de vida teñido por el rojo de la sangre, el blanco de la cocaína y el verde de los billetes. El poder, el confundir el respeto con el miedo, el saberse por encima de leyes y gobiernos era su gasolina. Una dinámica de la que era imposible salir.

El soldado sin emperador

Todo imperio llega a su decadencia. Parece algo obvio, pero desde dentro no lo es tanto. A finales de los 80, el cártel de Medellín propagaba el terror a sus anchas. El país estaba en jaque por una banda de narcotraficantes. Escobar era intocable.

Sin embargo, el tiempo pasa para todos. Antiguos aliados que mutan en enemigos, falta de liquidez para mantener a su ejército privado, asfixia policial, miedo a la extradición. Cada uno de esos factores, gota a gota, desembocaron en la muerte de Pablo Escobar tiroteado en una azotea. Jhon Jairo, por su parte, consiguió salir vivo al entregarse a las autoridades.

Veinte años de prisión acusado, irónicamente, de un único crimen. Se libró de la extradición, conservó la piel y tuvo que reinventarse. Pablo Escobar le dio a Popeye una forma de ganarse la vida. Incluso cuando todo se derrumbó sobre sus hombros.

La caricatura de lo que fue

En 2014, las autoridades estaban nerviosas ante la excarcelación de Popeye. Un conocido asesino, representante de los mayores temores para la sociedad colombiana, volvía a estar suelto. Pocos habrían imaginado a qué iba a dedicar su tiempo en libertad.

Su imagen pública osciló de la leyenda viva de los años dorados del narcotráfico a la del bufón en Twitter. Su última profesión conocida fue la de youtuber cuando pasaba de los 50. Inició una actividad empresarial basada en vender su vida en documentales y entrevistas, además de comercializar surrealistas objetos de merchandising. Desde sus redes sociales, siempre muy activo, desafiaba a todo aquel que le llevara la contraria, rememoraba los años pasados junto a Escobar y lanzaba todo tipo de consignas y amenazas a los políticos colombianos. El Patrón seguía llenando sus bolsillos después de muerto.

Plata o plomo

La alegre vida de Popeye como famoso de la prensa sensacionalista llegó a su fin en 2018, cuando reingresó en la cárcel acusado de extorsión. Cuesta ignorar la llamada del dinero fácil si es lo que has hecho durante toda tu vida.

A alguien se le ocurrió que Jhon Jairo Velásquez sería un buen cobrador de deudas. El solo pronunciar su nombre ya asustaba, tenerlo cara a cara hacía que muchos dieran su brazo a torcer. Bajo amenaza, algunos cambiaron sus propiedades y las pusieron a nombre de Popeye. Una de sus víctimas dejó de contestarle al teléfono, por lo que Popeye localizó a su madre y se reunió con ella para explicarle las condiciones. Pero algo pasó. Asustar a una anciana debería ser fácil, pero la mujer lo denunció. Las autoridades lo tenían vigilado de cerca y solo necesitaron ese pequeño empujón para devolverlo de nuevo a una cárcel de máxima seguridad.

La última bala

Sin duda, Popeye nunca esperó morir de viejo. Es probable que tampoco imaginara sus últimos días agonizando en una cama de hospital. Él había mirado a los ojos a muchas de sus víctimas, escuchado sus súplicas, incluso había llegado a torturar sin ningún remordimiento. En sus entrevistas siempre suponía que, antes o después, le tocaría estar al otro lado del revólver. Había evitado a la parca durante muchos años y al final se le presentó en forma de enfermedad terminal. Una bala que no ha podido esquivar.