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Vie, Sep

El editor adicto a la cocaína que se echó a la carretera a lo Kerouac y sobrevivió para contarlo

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Las drogas y el alcohol dieron al traste con la prometedora carrera de Peter Kaldheim en el Nueva York de los años 80

(ABC) Tres décadas después, publica «El viento idiota», memorias con las que se ha convertido en un debutante escritor de éxito

Peter Kaldheim acababa de cumplir 22 años y lo tenía todo para intentar ser feliz o, al menos, vivir la vida que de él se esperaba. Tras desprenderse de una adolescencia entre canchas de baloncesto y lecturas de los poetas Beat en el barrio de Bay Ridge, en Brooklyn (Nueva York), se graduó «summa cum laude» en Literatura Clásica en el prestigioso y exigente Dartmouth College (Nuevo Hampshire, EE.UU.) y se casó con su primera novia, a la que prometió el sueño americano que estipulaban los cánones de la época, casita en las afueras, varios niños y perro incluidos. Sin mucho esfuerzo, consiguió un trabajo como editor en Harcourt Brace y su carrera en el mundillo literario comenzó a despegar, siempre con la secreta esperanza de sacar tiempo para escribir la ansiada novela que esperaba publicar antes de su veinticinco cumpleaños.

Pero el tiempo fue pasando y Kaldheim empezó a cogerle gusto al alterne. Entre copa y copa, tuvo algún que otro desliz que llegó a los oídos de su amada esposa, que ni corta ni perezosa le puso de patitas en la calle. Un revés que no fue tal para Kaldheim, ya que en ese ínterin cambió de trabajo y la subida de sueldo le sirvió para hacerse un nombre, que no un hombre, en los antros del West Village de los 70. El desmadre de alcohol, cocaína y speed, entre otras sustancias alucinógenas (LSD, mescalina o hachís), empezó a pasarle factura y se vio obligado a dimitir al no cumplir con la fecha de entrega de un proyecto de esos que marcan las cuentas del año en cualquier empresa. Como ingeniosa solución, no se le ocurrió mejor idea que empezar a ejercer de camello, con tan mala pata que uno de sus primeros clientes fue un poli encubierto, lo que hizo que terminara en la lúgubre prisión de la Isla Rikers, en aguas del río Este neoyorquino. Al salir, volvió a casarse y su mujer murió de un aneurisma cerebral mientras decidían si se separaban.

A esas alturas (1987), Kaldheim tenía ya 37 años y era un drogadicto de libro. Vivía en la calle y para sobrevivir vendía toda la mercancía que lograba no consumir. Se la pasaba un camello con pinta y modos de mafioso, Bobby Battaglia, conocido como Bobby el Bate porque siempre tenía uno de béisbol a mano. El problema, añadido a todos los demás, llegó cuando Kaldheim se pulió en una juerga de varios días insomnes los mil dólares de cocaína que Bobby le había confiado para que pudiera salir de un último atolladero. Acorralado, y mientras una tormenta de las que hacen época azotaba Nueva York sin que la ciudad, ebria de Super Bowl, se diera mucha cuenta, decidió poner pies en polvorosa y abandonar aquella vida que no era tal. Dejó todas sus escasas posesiones en una taquilla de la Estación Pensilvania y cogió el último autobús, con destino a Richmond (Virginia). Se embarcó así, quizás sin pretenderlo, en un viaje por carretera que le llevó a recorrer, durante ocho meses, veinte estados de su país natal y del que da cuenta, entre recuerdos de su infancia, en «El viento idiota» (Temas de hoy), unas memorias a lo Kerouac con las que, a los 70 años, debuta como escritor y que estos días presenta en España.

Lo literario empezó, en realidad y según recuerda Kaldheim, unos veinte días después de comenzar aquel periplo. Tras acabar, gracias al autostop, en un hotel de los arrabales de Portland (Oregón), decidió escribirle una larga carta a su viejo amigo Gerry Howard, famoso en el mundo de la edición por ser uno de los descubridores de Foster Wallace, en la que detallaba, gracias a las notas que había ido tomando, todo lo vivido hasta entonces. «Me contestó –recuerda Kaldheim– que era una de las cartas más conmovedoras que había recibido y que debía sentarme y escribir unas memorias, un libro». Pero no era el momento, ni el lugar. Ni siquiera Kaldheim era, aún, la persona que quería ser. Y siguió vagando, de ciudad en ciudad.

Personajes

En Richmond (Virginia) conoció a una madre soltera que trataba de superar su adicción a las drogas mientras luchaba por recuperar la custodia de su hija. En Portland (Oregón), vendió sangre a cambio de diez dólares. En Lamberton (Minesota) pasó toda una noche con «un chaval loco», más creyente que el Papa, al que hoy recuerda como su «personaje favorito». Memorable fue, también, el rato que pasó con el veterano de Vietnam cuyas cicatrices de guerra salieron a relucir mientras varios helicópteros sobrevolaban un accidente de tráfico, o la jornada de autostop junto con un adolescente que había escapado de casa tras la muerte de su madre, víctima de un cáncer.

Todo ellos aparecen retratados con ternura y esa empatía que Kaldheim descubrió al leer, por primera vez, «On the Road», a los 16 años, en el libro cuya escritura terminó abordando, por empeño de Howard, casi tres décadas después de aquella experiencia que, paradójicamente, le salvó la vida. «Yo no esperaba encontrar tanto cariño y tanto apoyo por parte de desconocidos», reflexiona al recordar aquella «hermandad» de personas «sobre las que no se suele escribir». Hoy, limpio de remordimientos y sustancias nocivas (no echa «nada de menos» las drogas y puede tomarse «una o dos cervezas» sin riesgo de perder el control) y convertido en autor de éxito, reconoce que «lo más importante» que aprendió entonces fue que «te sientes mucho mejor cuando te responsabilizas de tus errores. Lo he confesado todo, aunque nunca tuve la intención de que el libro fuera una confesión». Y, para rematar, termina citando a Bolaño, uno de sus favoritos: «Cada día que pasa estoy más convencido de que el acto de escribir es un acto de humildad». Pues eso, que «a todo el mundo le vendría muy bien un poco más de humildad» (ríe).