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Mar, May

El mito se hace carne: un día en el juicio del Chapo

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ABC ha sido testigo de una de las jornadas del proceso más mediático del momento contra el narco mexicano en Nueva York

Por: Javier Ansorena/Corresponsal en New York

Los pasillos brillantes y deshabitados, las salas con alfombra industrial y las paredes revestidas de madera de los juzgados federales de Brooklyn no parecen el escenario propio de un milagro. Pero cada mañana se produce uno en la octava planta: el mito, la leyenda del Chapo se hace carne. El narco al que dedicaron corridos como cantares de gesta a héroes medievales, el atroz, el generoso, el violento, el imbatible líder del cártel de Sinaloa, el que sentencia a muerte a enemigos y cubre de oro a los socios, el favorito de Netflix, el compinche de políticos y militares, el «Robin Hood» de la Sierra Madre se convierte cerca de las nueve y media en un armazón de piel y huesos con apariencia humana. Cada mañana, la puerta de la derecha de la sala se abre y entra Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, de 61 años, acusado de multitud de delitos por su vinculación al narcotráfico.

Tiene un andar entumecido, quién sabe si de las cicatrices de la vida criminal o de la clausura forzada en una prisión de máxima seguridad al otro lado del East River, en el Sur de Manhattan, donde está desde hace casi dos años. Todo en su físico es vulgar, casi decepcionante. El cuerpo bajo y grueso. El pelo que parece teñido. Su cuello rígido, que le exige voltearse entero para examinar la sala. Todo, menos el gesto de su cara, que compone un retrato a la vez lastimosos y terrorífico: la mandíbula tensa, que agrieta las facciones; los ojos pequeños, brillantes y punzantes; el mentón alzado, desafiante.

Buscando a su mujer

Cada mañana rastrea los bancos para el público hasta encontrar a su mujer, Emma Coronel, a quien dobla en edad. El rostro del Chapo pierde violencia y saluda con el brazo como el abuelo que acude a recoger al nieto a la puerta del colegio. Coronel lleva para entonces varios minutos sentada en su sitio, dos filas detrás de la defensa, junto a la pared. A veces, acompañada. Otras, sola, entretenida en atusar una melena zaína y planchada. Le devuelve el saludo sin levantarse, sin desenlazar los dedos de un fleco de pelo. Con la sonrisa que permiten unos labios hinchados y la chapa de maquillaje.

Cuando Coronel llega, la saluda con cercanía un agente de seguridad federal que parece sacado de un ring de UFC, con barba «hipster» y tatuajes en el cuello. La mujer del Chapo es una presencia fija todos los días, pero no la única. Varios periodistas habituales se sientan en primera fila, detrás de los abogados del Chapo, a los que no les importa cuchichear sobre detalles jugosos de la vida procesal. Los fiscales no les dan ni agua. Tampoco fallan los artistas de juzgado. Están prohibidas las cámaras y de ellas -son casi siempre mujeres- depende que el mundo tenga una imagen visual de lo que se cuece en el juicio. Las estrellas son Andrea y Shirley Shepard, un dúo excéntrico de madre e hija, fosilizadas en la época dorada del Village, con melenas rubias, pantalones de campana y dedos ensortijados. Actúan con sensación de pertenencia. «¿Te conozco?», espeta Andrea a un visitante. «¿De dónde venís?», pregunta a una pareja, y empieza a explicar el juicio sin apenas esperar a la respuesta. «Mirad, aquí se pone la defensa, allá los fiscales, esa es la zona del jurado…» Como cualquier juicio, el del Chapo es público, y puede entrar cualquiera dispuesto a madrugar, pasar varios filtros de seguridad y decir adiós al teléfono durante horas. Circulan rumores que el cártel tiene infiltrados visitantes entre el público. Tomas no tiene pinta de ser uno de ellos. Es un abogado de Lituania, que está de visita en Nueva York y hoy dedica la mañana a hacer «turismo legal». «Me interesa ver en directo cómo es el sistema judicial estadounidense», dice antes de confesar que también le motiva la curiosidad de ver al Chapo en persona. «Los narcos son muy populares por la tele. Pero Escobar es más famoso», apostilla, mientras Shirley, la dibujante más veterana, le pide a Coronel que no se mueve para su retrato: «Ponte así, como estabas antes, con el brazo sobre el respaldo».

El murmullo de las conversaciones se corta en seco con los tres golpes que anuncian la llegada del juez Brian Cogan. La sala le recibe de pie, igual que cuando entra el jurado. Los doce elegidos para decidir el futuro del Chapo -se juega la cadena perpetua- tienen cara de querer estar en cualquier lugar menos delante del narco más famoso del mundo. Arrastran los pies, se hunden en sus sillas y no esconden muecas de hastío. Encadenas horas, días y semanas de declaraciones interminables de testigos. «Si echan la cabeza atrás y cierran los ojos, voy a creer que están durmiendo», les amonesta con sorna Cogan a media mañana.

Bostezo del jurado

Cuando actúa la acusación, es comprensible que a los jurados les venza el sueño. En el atril, el fiscal Michael Robotti hace bueno su apellido. Con voz monótona, interroga a Tirso Martínez-Sánchez, un segundón del Chapo que ahora coopera con la fiscalía. No gesticula ni cambia de tono. Solo dispara cientos de preguntas cortas, en un interrogatorio árido que pretende dejar registro de todas las actividades del cartel que supuestamente el Chapo dirigía. Los bostezos del jurado provocan la duda de si tanta exhaustividad en la prueba no será contraproducente.

El público se acomoda cuando es el turno de la defensa. Jeffrey Lichtman, William Purpura y Eduardo Balarezo han defendido a jefes de la mafia y reyes del narcotráfico y se mueven a la perfección en el territorio. Lichtman tiene una presencia imponente en el atril, se abre de brazos con teatralidad, ruge al testigo de la fiscalía. Purpura, enjuto y con la cabeza afeitada, parece un secundario de una película de gángsters. Es ingenioso, afilado y cuela chistes que hacen las delicias del jurado. Es en estos momentos cuando el juicio se pone hollywoodiense: dan ganas de abrir una bolsa de palomitas y olvidar el dolor, la tragedia, la muerte, las familias rotas, el fraude y la descomposición social que siembra el narcotráfico.

Al final de la jornada, el Chapo desaparece por la misma puerta y regresa el mito en los anuncios descascarillados de series de televisión en las paredes del metro, en los documentales de Netflix, en las páginas de los periódicos, en los corridos norteños de una radio mexicana en un taxi que cruza el puente de Brooklyn.