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Dom, Oct

Prince y su «negro»: la extraña pareja para el «mejor libro de música de todos los tiempos»

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El genio de Mineápolis confió en un periodista joven que no había publicado nunca un libro para escribir sus memorias, que llegarán a España el próximo 14 de noviembre

(ABC) El 29 de enero de 2016, Dan Piepenbring era un periodista joven y prometedor, pero no había publicado ningún libro. Esa noche de invierno, sin embargo, uno de los nombres que han dado forma a la música popular contemporánea le recibiría para discutir la publicación de uno. A la puerta de lo que por fuera parece una nave industrial en los suburbios de Mineápolis, le esperaba Prince. Estaba de pie, con las calles cubiertas de nieve, en la puerta principal de Paisley Park, su mansión, estudio y refugio del mundo a cuarenta kilómetros de la ciudad en la que se crió.

El motivo de su encuentro era, a la vez, simple y ambicioso al extremo: Prince quería escribir «el mejor libro de música de todos los tiempos». Por qué confiaría en un escritor que no había publicado, desconocido para él y para el resto del mundo editorial, es fascinante, pero también coherente con un artista que rompió moldes: los de la industria discográfica, los géneros musicales, los de su propia identidad sexual o los que marcan la relación de un artista con su obra. Con su libro, simplemente lo volvió a hacer.

En Estados Unidos se publica el próximo 29 de octubre (en España, el 14 de noviembre) como una suerte de memorias de Prince truncadas por el hachazo de la muerte del artista. Tres meses después de aquel primer encuentro, el genio de Mineápolis moría de una sobredosis de un fármaco, el fentanil, uno de esos opiáceos que han convertido a localidades enteras de la América profunda en un escenario de «zombies».

Por aquel entonces, Prince quería, ante todo, escribir. Más que componer, y mucho más que subirse a un escenario. La guitarra no quería ni verla. Ese mismo invierno, se embarcaba en una gira novedosa, una nueva reinvención de su persona: «Piano y micrófono» era el nombre del «tour», que describía con exactitud lo que vería el público. Prince dejaba sus complicadas composiciones, abigarradas de arreglos y efectos, en los huesos de un teclado de marfil.

Varias semanas antes del encuentro con Piepenbring, Prince se reunió con tres editoriales para anunciarles su intención de escribir unas memorias. Sabía cuál sería su título -«The Beautiful Ones»-, una de las canciones de su célebre álbum y película «Purple Rain». Buscaba un co-escritor, un libro a su medida y control sobre su futuro editorial, en una repetición de las peleas que tuvo con las discográficas. Si en el futuro las memorias dejaban de convencerle, tendría el poder de sacarlas del mercado. Piepenbring descubrió después que Prince desde el principio no quiso un colaborador convencional, ninguno de los nombres habituales del mundo editorial especializados en biografías. Le interesaban, por ejemplo, las críticas que se publicaban en prensa y en medios especializados sobre sus conciertos y que sus fans compartían en redes sociales. Le gustaba leerlas. «Él les inspiraba para escribir y ellos podrían inspirarle a él también», ha explicado Piepenbring en un largo artículo en la revista «New Yorker» donde desgrana la corta e intensa relación que le unió a Prince en los últimos meses de su vida. «Quería un compañero con el que improvisar, alguien con quien pudiera abrirse y con quien pudiera montar la historia de su vida de la misma forma que lo haría con una canción o un álbum».

La editorial seleccionada por Prince -una filial de Penguin Random House- buscó algo a medio camino y le envió un listado con candidatos que pudieran encajar en ese perfil. El artista se quedó con dos. Ninguno había publicado un libro. Les solicitó una carta en la que explicaran su relación con su música y por qué serían ideales para el encargo. Piepenbring cuenta que describir la suya como «hasta arriba de adulación» se quedaba corto. Se arrepintió de haberse pasado con su devoción por el personaje. Pero a Prince le convenció. Y allí se encontraron los dos, una noche de enero, en las tripas de Paisley Park, entre velas aromáticas, murales musicales, sofás con forma de corazón y sentados en una mesa de cristal con el famoso símbolo con el que Prince se cambió de nombre a comienzos de los noventa, en medio de su guerra de derechos con Warner.

Discutieron sobre músicaracismo, el significado del «funk», los problemas de la industria discográfica, los posibles caminos que podría tomar el libro, su ambición de convertirlo en un acontecimiento cultural, algo que provocara y motivara a sus seguidores y más allá. Fue una especie de casting» de varias horas que acabó por convencer a Prince de los méritos de Piepenbring. El artista le devolvió en coche al hotel cercano en el que se alojaba su nuevo colaborador. Pocas semanas después, le invitaba a sumarse a su gira en Australia para empezar a trabajar en las memorias.

Imprevisible

Incluso estando en el mismo hotel, el contacto con el genio era imprevisible. Una mañana, Kirk Johnson, el guardaespaldas de Prince, le invitó a la suite de Peter Bravestrong (ese era el nombre con el que el artista se camuflaba en los hoteles). Sin poder hablar con el genio, le apuntó a un cuaderno con treinta páginas escritas a mano. Era una introducción a su infancia, a la relación con sus padres, a los inicios de su pasión por la música. «Las páginas eran agradables, divertidas, bien contadas, elocuentes y sorprendentemente bien centradas», explica Piepenbring. «Este era el Prince contador de historias, en un modo reminiscente de sus canciones más narrativas, como ‘The Ballad of Dorothy Parker o ‘Raspberry Beret’».

Prince estaba entusiasmado con el libro y mantuvieron más encuentros sobre el contenido y el foco. Poco después, anunció en una fiesta en Nueva York el proyecto en marcha de sus memorias. Piepenbring le acompañó. «¿Estás libre en una semana?», le preguntó el artista al escritor. «Nos encontramos donde esté tocando y empezamos a trabajar de verdad en esto».

Pasaron los días y Piepenbring no recibió ninguna llamada. A principios de abril, leyó la noticia del aterrizaje de emergencia de Prince en Illinois para tratarse de una gripe persistente. Poco después, el 17 de abril, llamó a su colaborador para decirle que estaba bien y seguir hablando del libro. «Estoy bien», le dijo al final de la llamada. Cuatro días después, el portal «TMZ» anunciaba la muerte de Prince en Paisley Park por una sobredosis accidental con opiáceos.

La narración biográfica de la infancia que pergeñó Prince es la primera de las cuatro partes que finalmente tiene «The Beautiful Ones». La segunda es un repaso a los años formativos como músico, con diarios y libretas. La tercera, una historia de su vida a través de imágenes. Y la cuarta, el testimonio en primera persona de Piepenbring de su relación con Prince, del último gran proyecto del genio de Mineápolis, al que la muerte dejó sin acabarlo.